Reivindicación de don Pelayo
Reivindicación de don Pelayo
CARLOS ASENJO
Don Pelayo, obviamente, es el de Covadonga, un personaje tan excelso en la memoria histórica que nunca, nadie, ha podido ni pretendido quitarle el DON (que entre los españoles ha sido sinónimo de la excelencia), a pesar de todos los pesares y de tanto como ha llovido desde entonces, no siempre a gusto de tirios y troyanos. Porque Pelayos, simplemente Pelayos, seguro que habrá muchos, pero DON Pelayo por antonomasia, el restaurador y salvador de España, aquel que se amamantó con las aguas y los riscos de Covadonga. Un personaje o un mito o una réplica, diríamos que en el drama, ya que de drama se trata, y es éste de la historia de España, aquel que siempre acaba mal, según el aserto de Gil de Biedma... como digo, una réplica exacta, en el tiempo y en sus circunstancias, para aquel otro traidor -mito o realidad- que fue el fementido conde don Julián (curiosamente también siempre adornado con el DON), aquel malvado que nos trajo la secular ruina de España.
Don Pelayo, entre el mito y la leyenda, como digo, fue la inmediata réplica al traidor conde. Todos los estudiosos se inclinan a ubicarlo en la noble genealogía de los godos, de aquel noble pueblo godo que nos vino de las brumas nórdicas, y que al españolizarse, fue el que dio unidad política autónoma, con organización y reyes, a éste pueblo de los llamados carpetos -de carpetovetónicos-, que tantas reticencias ha suscitado a Juan Goytisolo, y del que alguien, en cierta ocasión, se preguntaba qué se podía esperar de él, de éste pueblo de carpetos, que se alimentaba preferentemente de garbanzos... Pregunta y respuesta complicada que tal vez encierren la solución a éste enigma permanente que es España. Esta España del enigma histórico, de Sánchez Albornoz. Don Pelayo, pues, a caballo del mito y la realidad, viendo cómo vió que se venía encima de aquella España tan pescadora; viendo como veía, como España, del uno al otro con fín, era correteada, saqueada, humillada... por aquella jauría de descamisados, traídos por el conde traidor que llamaba don Julián, aunque, a la sazón, a él sólo le quedaba poco más que la tierra de una maceta, sacó la cabeza y la agallas de entre los riscos, para enseguida poder decir a su gente, con orgullo: «Asturias es España, y todo lo demás tierra a conquistar...»; así que, de momento, poneos a la tarea. Y, sin dudarlo, con unos de los cuantos de los suyos -sangre, sudor y lágrimas...- a la tarea se pusieron, y no sólo a despecho de los descamisados de allende, sino también a despecho de los carpetos de aquende, ahora tan satisfechos del harén entrevisto.
Por eso siempre don Pelayo tuvo la primacía entre los esforzados de España. Y así, cuando en los avatares entre carpetos, discutían castellanos, catalanes, aragoneses, portugueses y otros, con moros y judíos de por medio, con ganancia en la porfía, cuando se presentaba el asunto de las precedencia, que era tanto como el reconocer la primera de España, en cuanto a la calidad, todos eran de acuerdo en reconocer esa primacia a las gentes de don Pelayo, que era Castilla, la pura esencia de la nobleza goda..., como pieza clave y angular de toda la estructura política de España.. y todavía, más acá, en el siglo XIX, el general Prim, tan catalán y catalanistas, en sus empresas militares, que eran las de España, siempre las personificaba en el pendón morado de Castilla, con cuyo norte acometió sus arrebatos bélicos tanto en África como en América... un general Prim que vendido del profundo catalanismo de su Reus natal, sin perder nunca de vista las conveniencias e intereses económicos de su tierra -¿ay, las aduanas y el proteccionismo para sus gentes!- y su desenfadado uso del bilingüismo, adecuado a cada caso y circunstancia.., nunca renunció a su desmesurada raíz de español, que no enturbió su condición de masón notorio, puesto tan de relieve en los actos fúnebres tras el atentado y posterior muerte que sufrió en la famosa y cantada calle del Turco, de Madrid, siendo presidente, a la razón, del gobierno de España, en la regencia de Serrano. Y es que don Juan Prim también era de la raza de los godos, seguro descendiente de don Pelayo, a pesar de su malquerencia a los negros de Puerto Rico.m Don Pelayo, desde sus riscos de las Asturias, no sólo tuvo que despertar de su lujuria a los carpetos, como si los descamisados de allende y los osos de sus montañas, no le procuraran bastante tarea... y pronto se percató de que los carpetos, aunque ayudado por la mano del Apóstol, podían tener alguna solución. Y prestarle alguna ayuda para recoger tanta agua como había derramado el pérfido conde. En todo caso, les metió en la cabeza que con fe y con aquel '!Cierra España!...' podían conseguir el milagro. y así, juntos, aunque con muchas dificultades, don Pelayo pudo sacar algún provecho de los carpetos.
Don Pelayo, así, sin más encomiendas que la dignidad y el valor, con cien de los suyos, pudo emprender con éxito aquella recompensa de reconquistar la España perdida por el conde, siempre resguardado por aquella Asturias que resultó ser su tierra mater, su alma mater. Y recordando aquello que dijo Virgilio, en la Eneida cuando la fundación de Roma...: ¿Tantae molis erat romanam condere gentem...! (¿Tan grande era el esfuerzo para fundar la nación romana! Que para el efecto, pronto se dió cuenta que más que los enemigos, con ser muchos, el problema, la inercia, estaba en las gentes propias, en la incomprensible levedad de los carpetos.
Por que don Pelayo apenas se quitó de encima aquella algarabía tumultuosa de los descamisados depredadores de iglesias y mujeres, que era muy propio para que don Pelayo y los suyos ejercitaran sus heroicidades, su mayor dolor de cabeza, el drama de España, era el despertar cada día teniendo que gobernar carpetos, aquellos de la gorra y los garbanzos, tan recelosos como esquivos, cuando no, envidiosos... Que en esto vió que él tenía más dificultades que las que atribuyó Virgilio a Eneas, el escapado de Troya con mucha suerte para fundar un Imperio, mientras su contrincante Ulises, el vencedor, de regreso a Ítaca, se esfumaba en deleites de doncellas y mentiras de caminante, encaminadas a la nada, como luego su Gracia de desharía entre diletantes.
Pero don Pelayo era gordo. Es decir, de los buenos, de aquellos que no comieron los garbanzos de la mala fama. Por eso no perdió nunca ni su fe, su esperanza, ni sus agallas..., como no lo perderían, tras él, sus descendientes, el Cid, Guzmán el bueno o el Gran Capitán... a pesar de tropezar con más dificultades que las encontradas por Eneas, y que sirvieron para el canto de Virgilio.
Y eso que don Pelayo con todos sus godos, aunque no fueran muchos sabía que el meollo de toda empresa humana, de toda victoria de hombres, no es una cuestión de mayorías, y sí, que en definitiva, cualquier éxito, es un problema de perseverancia y esfuerzo, a caballo de la dignidad. No es una cuestión de números sino de calidades. No ganan los más, sino los mejores, como fue el caso de don Pelayo y un grupo tan pequeño de los suyos. Que si un malvado conde traidor perdió España, muy bien otro conde -porque hay quien asegura que era también conde, bien puede salvar lo que el traidor perdió... Aunque quizás, para ello, los carpetos tengan que comer menos garbanzos
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