Muere Revel, el gran divulgador del liberalismo
Muere Revel, el gran divulgador del liberalismo
Rebelde e inconformista, el pensador francés fue uno de los mayores azotes del comunismo
Javier Gómez
París- Jean-François Revel nunca tragó con el analgésico intelectual de la utopía. «Su única validez -decía- es permitir a sus adeptos condenar lo que existe en nombre de lo que no existe». Esto colgó para siempre el cartel de conservador a un pensador en realidad reformista, ateo y vacunado contra el prejuicio. Predicar el fin del intervencionismo estatal, condenar el comunismo y hacer gala de americanismo en un país que gusta de imaginarse como la aldea gala resistente frente al liberalismo político y económico le convirtió en un eterno resistente, siempre en armas contra Francia, a la que criticaba por «idealizar el pasado». A contracorriente, pues.
Pluralismo democrático. Las luces que Revel, escritor impenitente, filósofo, profesor o periodista, aportó al pensamiento del XX, porque su voz resurge, como la de tantos grandes ecos europeos, de las cenizas europeas del ecuador de ese siglo, se apagaron en la noche del sábado al domingo, a los 82 años, en un hospital de nombre paradójico, Kremlin-Bicêtre, a las afueras de París. Hospitalizado desde hace dos semanas, su corazón terminó por ser más débil que su verbo.
«Ni la inteligencia ni la intención de hacer el bien nos preservan del mal. La única barrera contra el fanatismo asesino es vivir en una sociedad pluralista, donde el contrapeso institucional de otras doctrinas y otros poderes nos impide siempre llegar hasta el final de las nuestras», analizó Revel con lucidez en sus memorias, tituladas «El ladrón en la casa vacía».
Contra el totalitarismo. Adalid del pluralismo democrático, del sistema liberal con todos sus defectos, su moderación fue tachada de conformismo intelectual por muchos de sus coetáneos, «embabiados» desde las terrazas del bulevar de Saint Germain con la vida al otro lado del biombo de acero que quebró Europa durante medio siglo.
Menos incisivo y brillante que Raymond Aron, pero más divulgativo que él, ambos fueron los últimos herederos de la teoría gala de la democracia parlamentaria y liberal que emprendieron sus antepasados Alexis de Tocqueville, Benjamin Constant o Frédéric Bastiat. Este «guardián infatigable y vigilante de la democracia», como ayer lo definió el presidente Jacques Chirac, se batió principalmente contra cualquier asomo del totalitarismo, político o intelectual, ya se vista de negro o de rojo. Al primero lo combatió desde las filas de la Resistencia. Al segundo, desde la escritura. Como ayer resumió el primer ministro, Dominique de Villepin, Revel fue «uno de los primeros en denunciar sin descanso el totalitarismo soviético. Toda su vida intelectual fue digna del joven resistente que fue».
Si François Mauriac y Albert Camus se tuvieron como replicantes de lujo, Revel combatió un poco contra todo y contra todos. Arponeó a Jean Paul Sartre: «¿Por qué el filósofo de la libertad la odia ahora? ¿por qué este inteligente pensador aprobó la noche intelectual del comunismo?». Desahució a Foucault, culpable, a sus ojos, de achacar a la democracia los defectos del totalitarismo, «fascinado sin decirlo» por el comunismo. Y aplaudió con sarcasmo a Mitterrand «por ofrecer oportunamente a la opinión francesa lo que ardientemente deseaba: el marxismo antisoviético».
Enemigo declarado de la violencia, el pensador censuró el culto a la «revolución» de un país que fue su cuna en 1789. «La violencia ha servido siempre más para oprimir que para liberar», argüía Revel, convencido de que «la revolución tiene tanto de esencia revolucionaria como el bisturí de esencia médica». Nacido como Jean-François Ricard en Marsella, en 1924, más tarde decidió trocar su común apellido por Revel, un derivado de «rêve» (sueño), que terminó adoptando legalmente. Un trazo del idealismo vacunado de utopías del pensador, de su ambición templada, siempre con una reforma bajo el brazo que proponer, generalmente en vano, para «curar las heridas de Francia».
«Inmortal» desde 1997. Rápido se cansó de las bridas de la docencia y pasó a ser editor en varias firmas francesas de primera línea en los años 50, tarea que alternó con su producción literaria. Revel no era de quienes guardan sus saberes entre las herméticas paredes de una biblioteca y aprovechó esos oasis del periodismo sosegado que son los semanarios franceses, donde perviven otros emblemas de la intelectualidad europea como Jean Daniel, para dar rienda suelta a su pasión por el pensamiento vivo, el que se somete al riesgo de lo caduco, a la guillotina de la prisa impresa.
Tras colaborar en sus inicios con «France-Observateur», germen del «Nouvel Observateur», Revel dirigió «L’Express» entre 1978 y 1981, y en 1982 pasó a convertirse en editorialista de la conservadora «Le Point».
Jean-François Revel empezó, como todo buen pensador, con una pregunta: «¿Por qué los filósofos?». Un título, en 1957, que dio comienzo a una extensa e incesante obra. Investigó sobre Proust, armó una antología de la poesía francesa, batió los cimientos de la democracia en varias obras («Cómo acaban las democracias», «El absolutismo ineficaz o contra el presidencialismo a la francesa» y «El rechazo del Estado», entre otros) y en 2002 publicó su último volumen, «La obsesión antiamericana», en la que denunció la inquina gala contra los Estados Unidos, renacida con la guerra de Irak.
Éste fue uno de sus últimos combates, como demuestra su última entrevista concedida, en septiembre de 2005, al diario «Le Figaro». Punzado por sus interlocutores, convencidos del fracaso de Estados Unidos en su invasión de la antigua Mesopotamia, Revel se defendió a espadazos. Contra el propio Irak, un pueblo «a un tiempo incapaz de gobernarse a sí mismo e ingobernable», contra «la xenofobia anti occidental de los países árabes», contra el antiamericanismo que, a su entender, latía en la condena de esa contienda.
Con chaqueta verde. Esposado por segunda vez con la escritora Claude Sarraute y ateo sin tapujos, deja varios hijos, entre ellos Matthieu Ricard, monje budista con el que firmó un libro de conversaciones titulado «El monje y el filósofo» (1997). Desde entonces, contaba con el honor de ser miembro de la prestigiosa Academia Francesa, que da derecho a participar en elevados debates, llevar una ampulosa chaqueta verde y recibir el honorífico apodo de «inmortal». Un adjetivo que Revel legará a sus escritos.
Su relación con España fue intensa. En agradecimiento, el 28 de enero de 2004, poco antes de cumplir los 80 años, recibió de manos de José María Aznar la Gran Cruz de Isabel la Católica. El entonces presidente del Gobierno elogió su «análisis serio e independencia de criterio» y dijo que se trataba de un «pensador de la libertad», referente y «ayuda continua» para los liberales españoles. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, afirmó que «todos los amantes de la libertad en España tenemos una deuda de gratitud con él».
Uno de los primeros contactos de Revel con nuestro país fue, curiosamente, en México. Tras la Segunda Guerra Mundial, en la que colaboró en la resistencia nazi, fue nombrado profesor de Filosofía en Tlemcen (Argelia), pero su siguiente destino fue el Instituto Francés de México, entre 1950 y 1952. Durante esos años mexicanos dirigió junto a Luis Buñuel la filmoteca francesa en Ciudad de México. En Madrid, al presentar uno de sus últimos libros, «La gran mascarada», afirmó que la izquierda «ha realizado un esfuerzo sobrehumano para no sacar fruto del naufragio de sus propias ilusiones y ha desarrollado una gran fijación antiliberal».

